Hace muchos años en un pueblo llamado Jaten vivía una niña rubia y
de ojos verdes cuyo nombre no recuerdo porque francamente siempre me he
esforzado por olvidar. La pequeña niña caminaba por el mismo camino todas las
mañanas. Este camino no era un camino de flores y mariposas, todo lo contrario
era un camino siniestro, lúgubre, los árboles carecían de hojas y se juntaban
tanto las ramas de los unos con los
otros que apenas dejaban filtrar un solo rayo de luz solar, un camino que provocaba durante su transcurso la
experimentar la sensación de estar en un ambiente frío. Era un paisaje tan poco
acogedor que a cualquier persona le hubiera parecido horrendo caminar por ahí
sin embargo a la pequeña no parecía importarle. Siendo este camino un
atajo de su hogar a la escuela siempre lo tomaba.
Siempre caminaba lentamente
y lo hacía observando todo a su alrededor. Cuando la gente le preguntaba que si
no le daba miedo ir sola por aquel camino ella
siempre respondía lo mismo: " Si, pero yo no voy sola, mi amigo
me acompaña”. Nadie se explicaba esta respuesta pues era obvio que la niña iba
sola. Todo el mundo lo sabía, todo el mundo lo veía. Sola. Nadie sabía por
qué la niña decía esto.
Un día en el pueblo una de las niñas de la escuela
comentó en voz baja al verla pasar "Es la rara de su familia, la nueva loca del pueblo”. Todo el mundo
susurraba este tipo de cosas que por lo general la pequeña nunca lo escuchaba.
En esta ocasión no fue así, ella lo
escuchó. Esas palabras se clavaron en el corazón de la niña como puñales, ella
no estaba loca su amigo la acompañaban de verdad. La niña no pudo controlarse
más y llorando porque no la creían salió corriendo hasta el camino dónde
su supuesto amigo estaría para consolarla.
Cuando allí llegó le estaba esperando un niño muy pálido,
demasiado para una persona normal. Ya era casi de noche. Él estaba
oculto en la oscuridad y hablaba desde allí en susurros. "Tranquila" decía una
y otra vez. La niña lloraba desconsolada y tras un tenso silencio el niño la
miró con unos ojos tensos y brillantes. “ven conmigo”.
La niña en principio asustada le miró atentamente a lo que el
niño respondió tensando todo el cuerpo parecía nervioso. Se produjo
un tenso silencio que duró unos segundos, este silencio solo se vio roto cuando
ella añadió "¿dónde?”. Fue entonces cuando él la miro y susurró
"Vamos donde el mar y el cielo se juntan, donde la vida toca su límite y
el sufrimiento personal desaparece. Allí solo existe el calor”.
Ya fuera por los ojos brillantes y cariñosos del niño o por las ganas de huir
de la niña en esos instantes solo pensó que sería un buen lugar para vivir
y asintiendo le tomó la mano a su amigo que la guió hasta el mundo de
los muertos... Nadie supo más de aquella niña hasta que a los dos
años apareció su cuerpo, inerte, ya sin vida, sin alma en la plaza
del pueblo. Y en el suelo escrito en grande " yo no voy sola, mi amigo me
acompaña".
Fin